miércoles, 28 de agosto de 2013
Soltadas
A veces es tan extraño dejar todo de lado...la cuestión sería no pensar en los lados. Esos que te encasillan, que te quieren obligar a seguir la línea de cemento visible de la vereda. Descuadralizar la vida. Eso sería el sentido. El verdadero. Todo tiene una esencia, justo ahí, en el mismo éter que se forma sin percepción del ojo humano. Hay algo más que ahí siente y que reclama su descuadralización en el mundo. Empecemos por una sonrisa. Prosigamos con todas las sensaciones que se viven en medio del tren, con un mate caliente entre las palmas de las manos. Otra sonrisa, desprendida a libre espontaneidad del viento. Si somos energía, además de materia, esto debe de ser lo que aún queda pendiente para entender. ¿ Entender qué? Que no todo puede ser determinado por el catch geométrico del ojo. Hay algo ahí que suena, pero depende del magnífico oído para que pueda ser escuchado.
Hay muchas formas de soltar. Mejor decirles des-formas. No la hay, por cierto. La soltura es amorfa, es tan límpida...si se me premite la expresión, los cuerpos desnudos son viento, son destiempo, y sueltan. Materia y energía que se fusiona en el amor amorfo, descuadralizado. Ahí sueltan, liberan, se estremecen y se cegan. No hay más cemento, no hay más ojo panóptico geométrico: sólo persiste lo infinito.
jueves, 16 de mayo de 2013
Conversación infinita
Te hago una promesa, simple y clara. Intentaré dibujar una sonrisa en tu luz... quizás hoy no la veas, pero estoy segura que pronto va a ser creada por tu propia voluntad. Tu mundo actual me es lejano, un poco incógnito, y suena a silencio. Le temo al silencio, ¿sabías? Aunque también él sea música, no es lo que hoy deseo escuchar. En algún sueño tuyo ojalá tengas presente que mi abrazo te espera, te espera para llorar, para gritar, para hablar de la vida y las inmensidades futurísticas de las que solemos conversar;conversación que no termina acá, lo sabés y lo sabemos. Sé que ahora no me queda más que esperar y ser paciente y tener presente que todo lo mejor llegará al fin, y te dará una caricia al alma, y confío, amiga mía, en que pronto te pueda volver a abrazar. Te espero para que la conversación siga, infinitamente...
lunes, 4 de marzo de 2013
Encuentro grado cero
¡Qúe delicia!, al fin te encuentro. Mi cuerpo tiembla con tan sólo sentirte cerca. Al fin llegas, al fin tus dedos se apoyan en mi piel, como una nave aterrizando en la luna. Tus ojos claros forman ondas invisibles de grados inexactos, rompiendo las distancias en mil pedazos. Tus ojos aniquilan la distancia que creí sentir de años luz. Tan sólo ellos entienden mi existencia en este suelo. Es que al moverse esas pupilas, puede temblar la tierra bajo mis pies y yo no sentir más que... querer permanecer allí, donde esa distancia etérea jamás exista.
Cada paso que das me desvanece en ser Humano. Quizás me conviertas en un águila, o tus ojos me pincelen un arrecife de colores. El ruido de tus pies y el giro de tus ojos da inicio a lo que sé que no acabará jamás. Miro al cielo, y efectivamente sé que es un reflejo de tu alma. Agradezco, cierro los ojos, y decido permanecer allí, donde la distancia ya sé que no existe más. Al fin aquí estás.
Cada centímetro de tu carne al roce del césped: te acercas a mí. Yo me siento tan feliz que podría emitir el canto más hermoso del universo. No puedo dejar de sonreír. Me invitas a conocert tu mano, tus dedos, tu tacto. La distancia se emite a grado cero. Ahí tiembla el hombre frente a la tierra, y frente a su creador. No me queda más que agradecer el saber que ahí estarías, tal como muchas veces soñé. Gracias por ocupar esos sueños nada inútiles de vida.
lunes, 11 de febrero de 2013
Detrás de la cortina de terciopelo
Está todo listo: las maderas rechinantes, los gritos, las luces cegadoras, la cortina aterciopelada que lo separa de la gloria. Todo está donde se supone que debería estar. Tal como lo había soñado desde que escuchó a Elvis por primera vez.
Todo listo para darle acción a meses de ensayo, de discusiones, de trajes apretados y (algunos) de muy mal gusto. Su salida sería un antes y un después en su vida. Sabe muy bien que hay muy pocas oportunidades en la vida, y que finalmente ésta será la compuerta que se abre del último vagón, del ( quizás) último tren. No le gustan las improvisaciones, por lo que tiene cada detalle de su discurso anotado en un papel. Mientras lo maquillan, no puede evitar que sus piernas se resistan y sigan temblando. Habla con un amigo que le recomienda un sombrero ( similar a los que usaban los viejos westerns) que parece llevar años en ese perchero. Le guiñe un ojo, y le hace ademanes de grandeza. Él niega con su cabeza y se mira fijamente en un espejo repleto de fotos de músicos famosos mezcladas entre fotos de una muchacha. Al lado de una foto en primera plana de ella, él acaricia una nota escrita en puño y letra que dice: "para que me sientas siempre con vos". No duda un instante en guardar esa nota en su bolsillo.
Se acerca un hombre bajo, con un handy en su mano derecha y varias hojas en la otra. Le dice algo en el oído, le palmea un hombro y se retira. Su amigo, apurado, lo abraza y le sigue el paso al hombre del handy. Sabe que ha llegado la hora. Se vuelve a mirar en el espejo, y se retoca el peinado estrambótico, envuelto con gel. El mundo del otro lado se hace escuchar, con ondas sonoras cada vez más expansivas, tanto que el espejo mismo se contorsiona al compás del turbulento retumbe.
Quiere escapar, a la vez que desea arrojarse al mar sónico repleto de gente. No puede entregar su alma por completo, sabiendo que hay una porción que habita en ella. Extrañamente, no lo ha llamado desde aquel paseo por San Telmo. Recuerda que ese día, por fin se animó a decirle todo lo que sentía. Sus manos aún le duelen, y no por las duras sesiones con su guitarra, sino porque ellas llevan la ausencia de su nombre, su aroma, sus uñas fluorescentes, y su cabello largo. El aroma de sus mejillas al besarla por primera vez. Las palmas de las manos tocando sus pequeñas orejas, sintiendo como si un remolino los aislara por completo del público indiferente de la plaza. Recuerda el rayo solar atravesando sus pecas y recuerda también la notita que le escribió. "Quizás hoy te sienta conmigo", piensa.
Se toca el bolsillo y lo revuelve. Saca la notita y la lee y relee. Abre sus ojos y, secando una pequeña lágrima, toma el sombrero que le había aconsejado su amigo y lo desempolva. Antes de salir, mira su foto y da un portazo.
La cortina de terciopelo se abre lentamente, mientras que sus piernas se aceleran en nerviosismos involuntarios. Las luces lo enceguecen por un segundo, al tiempo que la masa estalla en vibraciones y aplausos. Temblando, con un micrófono inerte en una base, zigzaguea los ojos a lo largo de la primera fila. Se acerca al límite filoso entre el escenario y el público. Hay una pancarta que inmediatamente lo hace sonreír. Detrás, se esconden los ojos, las pecas, el cabello largo, las palmas en sus orejas, el beso en un banco de la plaza de San Telmo. Animado, toma el micrófono con seguridad y toca un acorde mayor. Ella aplaude y sonríe.
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