lunes, 11 de febrero de 2013
Detrás de la cortina de terciopelo
Está todo listo: las maderas rechinantes, los gritos, las luces cegadoras, la cortina aterciopelada que lo separa de la gloria. Todo está donde se supone que debería estar. Tal como lo había soñado desde que escuchó a Elvis por primera vez.
Todo listo para darle acción a meses de ensayo, de discusiones, de trajes apretados y (algunos) de muy mal gusto. Su salida sería un antes y un después en su vida. Sabe muy bien que hay muy pocas oportunidades en la vida, y que finalmente ésta será la compuerta que se abre del último vagón, del ( quizás) último tren. No le gustan las improvisaciones, por lo que tiene cada detalle de su discurso anotado en un papel. Mientras lo maquillan, no puede evitar que sus piernas se resistan y sigan temblando. Habla con un amigo que le recomienda un sombrero ( similar a los que usaban los viejos westerns) que parece llevar años en ese perchero. Le guiñe un ojo, y le hace ademanes de grandeza. Él niega con su cabeza y se mira fijamente en un espejo repleto de fotos de músicos famosos mezcladas entre fotos de una muchacha. Al lado de una foto en primera plana de ella, él acaricia una nota escrita en puño y letra que dice: "para que me sientas siempre con vos". No duda un instante en guardar esa nota en su bolsillo.
Se acerca un hombre bajo, con un handy en su mano derecha y varias hojas en la otra. Le dice algo en el oído, le palmea un hombro y se retira. Su amigo, apurado, lo abraza y le sigue el paso al hombre del handy. Sabe que ha llegado la hora. Se vuelve a mirar en el espejo, y se retoca el peinado estrambótico, envuelto con gel. El mundo del otro lado se hace escuchar, con ondas sonoras cada vez más expansivas, tanto que el espejo mismo se contorsiona al compás del turbulento retumbe.
Quiere escapar, a la vez que desea arrojarse al mar sónico repleto de gente. No puede entregar su alma por completo, sabiendo que hay una porción que habita en ella. Extrañamente, no lo ha llamado desde aquel paseo por San Telmo. Recuerda que ese día, por fin se animó a decirle todo lo que sentía. Sus manos aún le duelen, y no por las duras sesiones con su guitarra, sino porque ellas llevan la ausencia de su nombre, su aroma, sus uñas fluorescentes, y su cabello largo. El aroma de sus mejillas al besarla por primera vez. Las palmas de las manos tocando sus pequeñas orejas, sintiendo como si un remolino los aislara por completo del público indiferente de la plaza. Recuerda el rayo solar atravesando sus pecas y recuerda también la notita que le escribió. "Quizás hoy te sienta conmigo", piensa.
Se toca el bolsillo y lo revuelve. Saca la notita y la lee y relee. Abre sus ojos y, secando una pequeña lágrima, toma el sombrero que le había aconsejado su amigo y lo desempolva. Antes de salir, mira su foto y da un portazo.
La cortina de terciopelo se abre lentamente, mientras que sus piernas se aceleran en nerviosismos involuntarios. Las luces lo enceguecen por un segundo, al tiempo que la masa estalla en vibraciones y aplausos. Temblando, con un micrófono inerte en una base, zigzaguea los ojos a lo largo de la primera fila. Se acerca al límite filoso entre el escenario y el público. Hay una pancarta que inmediatamente lo hace sonreír. Detrás, se esconden los ojos, las pecas, el cabello largo, las palmas en sus orejas, el beso en un banco de la plaza de San Telmo. Animado, toma el micrófono con seguridad y toca un acorde mayor. Ella aplaude y sonríe.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)